La segunda vida de Armejún (El Día de Soria)

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Ocho niños posan en el frontón. Son todos los que acuden diariamente a la escuela de Armejún. Una foto en blanco y negro, un poco borrosa y desenfocada recuerda el último año de todos ellos en su pueblo. Fue el último curso escolar, el maestro ya no volvería y tendrían que ir a estudiar a Villarijo. Sus padres optaron por emigrar, por buscar lo que creían un futuro mejor para todos niños y mayores, lejos de su lugar de origen. Estamos hablando del año 1966. «El tío Matías creo que aún sembró y trilló ese año, sólo se quedaron personas mayores», son los recuerdos de uno de esos niños de la foto, de los últimos de Armejún, Alberto Pérez, que no ha olvidado sus raíces y que sigue luchando porque su pueblo sea un pueblo y no un montón de piedras de casas derruidas. Hay muchas historias de esas de antes que contar: que no tenían carretera de acceso, que un niño afectado por meningitis lo tuvieron que trasladar andando hasta Cornago y murió, que el tío Matías probó suerte en otro lugar pero luego se volvió de nuevo al pueblo… Las historias de ahora, son diferentes: que si hay que arreglar la calle de la iglesia, que en el horno una madera se ha movido, que si hace falta más reservas de comida cuando venimos o dónde se puede meter a toda la gente que viene para las fiestas de San Bartolomé. Este pequeño pueblo perdido en la Sierra de Alcarama sigue teniendo vida. De eso se han encargado la Asociación de Amigos de Armejún desde su fundación a finales de los 80.
dos décadas de abandono. Ha estado abandonado durante casi dos décadas, pero sus hijos siempre lo han visitado esporádicamente. En ese tiempo se  continuó con la reforestación masiva de toda la sierra. Luego vinieron los robos en las casas, se llevaron lo poco  que las familias dejaron tras su marcha, enseres domésticos, puertas ventanas, tejas, cosas antiguas; más tarde, maniobras militares de los GEO que reventaron la mejor casa para sus prácticas y llenaron de balazos las paredes del resto y eso mientras las zarzas, los arbustos y la maleza  se convertía en los dueños de todo.
 Fue en el año 1988 cuando la familia Pérez tras pasar la fiesta de San Bartolomé allí, decidió arreglar la fuente. «Un pueblo sin agua no tiene vida», resalta Alberto Pérez. «Fue lo primero que arreglamos, después nos hemos dedicado a reconstruir las zonas comunales». Tras las fuente, unos servicios y una ducha, después las escuelas para convertirlas en un alberge, también el horno y la iglesia.
La Asociación Amigos de Armejún convoca jornadas de trabajo. «Cinco o seis veces al año, venimos unas 20 personas y todo el fin de semana estamos trabajando».
Paco Fernández recuerda que en las primeras ocasiones huboque quitar zarzas y maleza con motosierra, porque llegaban a los tejados de las casas.
Además son varias las familias que han vuelto a hacer habitables sus casas. «Una veintena están preparadas para cuando venimos, incluso hay familias, como mis suegros que pasaban todo el mes de agosto aquí», explica Paco enseñando el pueblo con orgullo.
En  su día el pueblo llegó a tener luz eléctrica ahora lo solucionan con placas solares, tampoco agua corriente y para eso han ingeniado una sistema de arietes, motobombas y depósitos que permiten en las viviendas disfrutar hasta de una ducha. El pueblo está lleno de fechas, corresponden a cuándo se terminó, así se va datando poco a poco el renacer de Armejún.
aportación vecinal. Toda la reconstrucción la pagan de su bolsillo, las instituciones no les han ayudado económicamente. La obra más ambiciosa ha sido la iglesia de San Bartolomé que ha quedado acondicionada y consolidada. El trabajo ahora se centra en la calle del templo, que corría riesgo de derrumbe, también afecta a lo que era la casa del cura.
Alberto Fernández es ingeniero. Su madre Rosamari era la originaria de Armejún. Este fin de semana se ha traído a sus amigos de Madrid a trabajar en esta calle. La hormigonera no ha cesado de hacer cemento durante dos jornadas. «Esto nos costará tiempo, hay que reconstruir todo el muro, luego el tejado y arreglar la calle empedrada, tal y como estaba». La casa del cura se convertirá en otro salón para que lo disfruten todos del pueblo.
 Yolanda Pascual, tampoco era de Armejún, quien vivió en estas calles fue su marido, pero se confiesa una enamorada de este rincón de Tierras Altas. Acude a todas las hacenderas que puede. «A mucha gente le extraña que nos encanten ese montón de piedras y yo les digo que si estas ruinas estuvieran en otro lugar yo también estaría allí, lo que me gusta es la gente de aquí, el ambiente que se ha creado».
Además de la reconstrucción del pueblo, la Asociación Amigos de Armejún quiere recuperar tradiciones. Las fiestas de San Bartolomé en agosto ya son todo un éxito para ellos, se han llegado a juntar hasta 128 personas. En el reconstruido frontón todos los años se convoca el torneo de pelota mano. Además han recuperado la ronda, cada invitado que viene a las fiestas. «Tiene sus coplillas, son canciones muy divertidas y con un poco de chispa que componen los más jóvenes cantándolas con la guitarra».
El futuro de Armejún se sigue escribiendo con los nuevos moradores que tiene. Los descendientes del pueblo han prometido un pacto vital de seguir  viniendo mientras sus fuerzas les acompañen. Haritz la primera vez que estuvo en  este lugar tenía 11 días, hoy es uno de los improvisados albañiles que tira de paleta para lo que haga falta.
Alberto Pérez explica con mucho orgullo que a su nieta le dieron para elegir como regalo de cumpleaños ir a Disneyland París o Armejún. «No lo dudó quiso venir al pueblo».  En la última hacendera se han juntado cuatro generaciones de la familia Pérez.

Sonia Moya en El Día de Soria

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