¿QUÉ SIGNIFICA SER NIÑO EN NUESTRA SOCIEDAD?

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Grabación de…

¿QUÉ SIGNIFICA SER NIÑO EN NUESTRA SOCIEDAD?

CONFERENCIA POR FERNANDO OROZCO

ATENEO LIBRE AUTOGESTIONADO LA ORTIGA (SORIA). MARZO DE 2016

Es fundamental tomar conciencia respecto de la opresión ejercida hacia los niños en el patriarcado. Esta es la primera subyugación que nos encontramos en la vida, la que te prepara para otras. Te marca. Hace que interiorices profundamente un mundo regido por la Dominación. Cuando nos ponemos a educar en vez de escuchar y complacer es cuando arrollamos sus vidas: sus deseos y su impulso vital. Usamos su curiosidad y todas las capacidades del niño para nuestros propios planes.

 


 

 

Los niños: una opresión muy específica

Christiane Rochefort, extracto de su libro “Los niños primero”

La infancia es una institución, no un hecho. Como hecho, la infancia (primera parte de la vida humana, dice prudentemente el diccionario Robert) es un estado que se mueve dentro de unos límites imprecisos. Como institución, va desde el nacimiento hasta una edad fijada por decreto. Se dice «niños», «adolescentes» o «jóvenes», según las exigencias del caso. La Ley dice «menores», y es la única expresión clara.
Las sociedades modernas han legalizado una discriminación basada en la diferencia de fuerza muscular. Menor significa: más pequeño. Inferior. Los llamados «niños» son un conjunto de seres humanos más débiles en el combate cuerpo a cuerpo, instituido por los de una categoría más pesada, y sometidos a un estatuto y a un tratamiento especiales.
El estatuto es la privación de autonomía.
El tratamiento aplicado por la autoridad adulta,a la cual los menores no pueden sustraerse, consiste en eliminar los elementos, indeseables, incontrolables, o simplemente superfluos del potencial innato, para conservar y desarrollar sólo los que son útiles para la explotación. En realidad, se trata de una mutilación. Una mutilación corporal, y no sólo un condicionamiento mental.
Las mutilaciones corporales caen bajo el peso de la Ley en nuestras sociedades, pero no ésta, que no se presenta como tal.
Se la llama formación, educación.
Medidas
Para estimar aproximadamente lo que ha sido cercenado a nivel corporal, basta con comparar la agudeza de sentidos de un niño de 3 años, su permanente vitalidad, la intensidad de sus deseos, su mirada, su capacidad de asombro, su ternura, su ligereza felina e incluso su sueño, con los de un adulto medio. Este es como una lámpara ya apagada. A simple vista puede distinguirse en qué puntos ha sido operado este adulto que ha pasado a ser un modelo de serie, y que por ejemplo se dirige a su despacho: sólo utiliza una pequeña parte de su equipamiento sensorial: su musculatura está más o menos atrofiada, su columna vertebral está como soldada o amenaza con hundirse, su capacidad respiratoria se ha reducido, su sistema nervioso autónomo está bloqueado, sus plexos están anudados, su energía no circula, carece de ritmo, su cuerpo ha llegado a un punto tal en que debe prepararlo en un «club» antes de ir de vacaciones (sí puede pagarlo); su sexualidad es miserable, está totalmente lleno de enfermedades psico-somáticas y de depresiones, así como de diversas drogas, su cerebro es un magnetófono, sus receptores están saturados, carece de mirada, duerme mal. Sus emociones negativas lo dominan; en cuanto a las positivas, prácticamente ha dejado de conocer el GOZO. Su facultad de relación ha quedado reducida a la retracción total: ¡el Otro le da miedo! Y todo esto, que no tiene, teme perderlo. Lámpara apagada que teme el menor soplo. Los adultos han acabado por creerse que es «natural» derrumbarse hasta este punto, ya que de lo contrario se pegarían un tiro. Pero no lo es: es una mutilación, realizada en los cinco primeros años de vida. Y tan profunda que todavía aspiran a transmitirla. Lo muerto arrastra lo vivo.
La opresión de los niños es la primera, y la fundamental. Es el molde de todas las demás.
UniversalidadTodos los niños de nuestras sociedades son mutilados.
Solamente cambia la forma. El recorte no sigue el mismo punteado según la clase, el orden económico, sexual, racial-cultural, en los que se nace. No se amputa lo mismo a todos, pero siempre se amputa algo a todos. Por ejemplo, las niñas son privadas de fuerza muscular, su necesidad de acción es dirigida contra ellas mismas; a los niños se les amputan sus emociones, aserradas en dos. Y del mismo modo en que no puede llegarse a ser un explotado si se sigue entero, tampoco puede llegarse a ser explotador sin haber sido convertido en un ser enfermizo. La devastación es universal.
También debe señalarse que el grupo «niños» no constituye ninguna excepción a la condición de inferioridad: la clase dominante está compuesta en su casi totalidad por adultos poseedores machos de cultura occidental mayoritariamente blancos.
Excepcionalmente, podemos encontrar algunos individuos que proceden de diferentes culturas, y algunas mujeres, aunque nunca en las altas esferas. Pero nunca un solo «niño». Nunca, Ni siquiera uno. Un solo título: hijo-de-papá.
Esta ausencia no ha sido señalada hasta ahora, parque es «natural». Lo fue también, hasta tiempos muy recientes, la ausencia de los demás «inferiores».

Especificidad

Esta opresión es muy específica. A decir verdad, cuando pensamos en ella nadie sufre una opresión semejante. Empieza en el primer minuto (golpe en las nalgas), y no cesa. Carece de horarios. No hay pausas para el bocadillo: comidas vigiladas en familia o en cantina. «Recreos» vigilados, y controlados al minuto. Tiempo de recorrido de la escuela al domicilio generalmente controlado, sobre todo las niñas. Nada de veladas libres: salidas con autorización, con la hora de regreso prevista. Nada de domingos: familia, ni de fiestas: familia. O grupos con monitores. Nada de vacaciones libres: familia, o colonia con monitores (aún en caso de que los monitores sean permisivos, se trata de una tutela). Los niños que pueden ir a jugar con sus compañeros fuera de las horas de clase lo deben a la pobreza de su familia, o a su liberalismo, pero de todas maneras se trata de un permiso concedido, no de un derecho. Nada de refugio nocturno, incluso el sueño está bajo control. La vigilancia es a tiempo completo. Y en todo el espacio: en casa, en la escuela, en la calle, en la playa y casi en el water.
Campo ilimitado. No hay refugio. La habitación (en caso de que se tenga) tiene entrada libre, las personas mayores pueden incluso entrar sin llamar («tú no tienes que esconderme nada»). Los cajones pueden ser explorados, leídos los diarios «íntimos», el correo abierto, o retornado, o se pedirá su origen y contenido: no hacerlo se considera un liberalismo. Sea cual sea la doctrina adoptada, el margen de vida privada queda a discreción de los padres. Se puede sorprender a los niños. Preguntarles hasta que confiesen. ¿Adonde has ido? ¿Qué estás haciendo en este rincón? ¡Enséñame tus manos! ¿Qué escondes bajo el cuaderno? Esconder es una falta: es malo, ya que lo escondes.
Cuando se es pequeño, sólo se encuentra realmente paz bajo la mesa, La interpretación dada a este fenómeno universal es: estar debajo de la mesa es el retorno al vientre de mamá (las interpretaciones que se refieren a los niños van siempre en este sentido, es curioso, hacia el pasado cerrado, nunca hacia el espacio libre). Los interpretadores debieron olvidar que ellos mismos fueron niños y que se escondieron bajo la mesa para, simplemente, no estar a la vista de todos. Por desgracia, el tiempo de las mesas no dura demasiado, nos hacemos demasiado grandes, y supervisibles. Un niño está permanentemente bajo la mirada de los adultos. Sólo el prisionero llega a estarlo hasta el mismo punto, y es para castigarlo. En cambio, a los niños es para «protegerlos».
Por lo menos los presos disponen de su pensamiento. Los niños no. ¿En qué estás pensando? Sé muy bien lo que te pasa por la cabeza. Puede verse cómo se perturban, e incluso hay niños que se ruborizan. Se aprenderá a mentir, pero cuesta más hacerse una máscara. Algunos creen que sus padres leen sus pensamientos, ¿no es verdad? los niños son un libro abierto. Algunos llegan a convertirse en «psicóticos». Y los doctos zoquetes (no las personas honestas como Bettelheim) dicen que la psicosis es orgánica.
La experiencia de los niños recibe tantas visitas como sus cajones, su forma de sentir es puesta en cuestión, y si no es la que se esperaba, se la invalida, se la reconstruye como haga falta y se les vuelve a servir como su única auténtica verdad: A ti realmente no te gusta esta música, sólo quieres hacer lo que hacen tus compañeros. Estas ideas te las ha metido en la cabeza… Estás influenciado por… etc. Y el conjunto de los niños es reinterpretado oficialmente por los expertos en niños, La auténtica juventud no es, es.
Los movimientos de los niños quedan limitados al interno de este complejo tiempo-espacio controlado. Ninguna movilidad sin autorización hasta por lo menos los 16 años. Irse a pasear se llama fuga, si eres menor de edad.
También los movimientos interiores están igualmente reglamentados: tú no tienes deseos sexuales antes del momento prescrito por los adultos, ni hacia quien tú quieres (sentido obligatorio hacia el sexo opuesto), excepto en casos de permisividad (criticable y más rara). No pueden querer al que elijan fuera de su familia. No quiero que veas a X, y quieren a la familia, como es obvio (acerca de este último punto, tampoco los padres son libres).
Siempre están disponibles, y pueden recibir órdenes: Tráeme el periódico, un cenicero, tráeme las pinzas que están en el segundo cajón empezando por abajo del armario de la entrada, no, caramba, te he dicho las pinzas y me traes las tenazas, vuelve, al armario, cuando no se tiene memoria hay que tener piernas. A menudo en la casa el niño es el boy, y el adulto el colono, Sus actividades pueden ser interrumpidas.
Uno, sobre todo si están jugando: el juego equivale a no hacer nada. El juego no es nada serio. El juego sólo es placer, el juego no es Trabajo: ¡si por lo menos estuviera haciendo sus deberes! La vida no está hecha para divertirse, ya lo verás cuando seas mayor. Los adultos condenados al trabajo envidian a quien todavía puede divertirse (lo muerto mata a lo vivo). Y de juegos interrumpidos y reinterrumpidos, de continuas referencias a la «realidad», la imaginación acaba muriendo (¿quién no recuerda la muerte lenta de su imaginación?).
Dos, sobre todo si son niñas. Puede tolerarse que los muchachos se nieguen a dejar lo que están haciendo, sobre todo si son las madres las que han dado la orden. Muy a menudo las madres, desalentadas o complacientes, dejan a los pequeños machos en paz con los detalles triviales y, sordos a los ruidos de los platos, ciegos ante los fregaderos sucios, insensibles a los efluvios de los cubos de basura, se vuelven impotentes en la casa, siguiendo la imagen «los hombres no saben hacer nada», dada como una naturaleza innata, y que desde la edad escolar repercute en las niñas ya resignadas a servir a estos niños 365 veces inválidos. A los niños se les reconoce el derecho a momentos de ocio, como a papá.
Pero en lo que se refiere a las niñas, ya se sabe que más adelante tampoco los tendrán, por tanto es mejor acostumbrarlas ya desde ahora. Así, automáticamente, se transmite, se imprime en el cuerpo, a nivel sensorial y motor, un destino, una «naturaleza». Y muy pronto, insidiosamente, se consuma el corte específico que mutila a los dos sexos.
Estas intervenciones, órdenes, preguntas, que pueden variar según la condición de los padres, su carácter, su humor, son totalmente arbitrarias, ya que los niños no tienen unos derechos definidos…
¿Derechos? ¿Un niño derechos?
…derechos definidos en horas y lugares que les pertenezcan, y donde no se les podría interpelar.
Estas arbitrarias intervenciones se considerarían «inaceptables» entre «personas». Y no se discuten cuando se trata de niños.
Evidentemente, no se les aplica el mismo baremo, Y extraña que se llame «opresión» el hecho, de molestar a un niño, o que se hable de sus «derechos».
En la declaración de los derechos cívicos de los niños
deberían inscribirse algunos puntos muy simples, como por ejemplo:
-lugar privado inviolable (si no una habitación, un rincón y una
caja no registrables);
-unas horas de descanso definidas.
En una primera época.

ObjetosSe dispone de ellos. Sobre ellos se desborda el sobrante de ternura, y también de malhumor. En sus primeros años de vida se le ponen adornos, no para ellos, sino por muchas y distintas razones (en base a este terreno emocional-social prospera la industria de los vestidos). Se les quiere como a objetos, objetos preciosos, objetos tesoros. U objetos tiranos. U objetos molestos.
No se trata de una relación de intercambio.
Se les coge de la mano aunque caminen solos y aunque no tengan ganas, se les lleva de visita, a los entierros, a los grandes almacenes, al doctor, a la escuela… qué hacer con ellos de otro modo, ya que como todo el mundo sabe no pueden apañárselas solos. Las decisiones familiares o legales que les conciernen se toman sin contar con ellos. Muchas veces ni siquiera se les informa de los acontecimientos familiares importantes (no los entenderían, o los traumatizarían). Las ocupaciones de las personas mayores son más importantes que las de los niños que reclaman su atención (Ahora no, estoy ocupado/a). Los niños molestan.
Los adultos no creen necesario pedir disculpas si cometen una torpeza con sus hijos. Se dirigen a los niños en un registro especial; más imperioso, a menos que, deseando ponerse a su nivel, hablen como si fueran tontos. La razón de los adultos es la mejor, aunque digan tonterías. Naturalmente, se les pierde el respeto. Así como los motivos para respetarlos. Pero el principio permanece. La idea de ser cortés con un niño ni siquiera pasa por la cabeza. El mundo adulto vive ingenuamente, sin pensar en poner nada en cuestión, en la creencia de que hay una importante diferencia entre adultos y niños.
Desconocidos, y sin embargo definidos — epistemología
Los niños son definidos por los adultos.
Ahora bien, los adultos no conocen a los niños, y no pueden conocerlos, ya que sólo los ven cuando los miran (naturalmente).
Es decir, sólo los ven cuando están vigilados.
Un adulto observa a los niños como si mirara los animales de un zoo.
El observador modifica lo observado. Esta ley es especialmente válida en las ciencias humanas, y en el caso de una relación de poder, la indeterminación puede acercarse al 100 %. Esto significa que la observación es imposible.
Sólo se conocen los niños-de-los-adultos, como durante mucho tiempo sólo se conocieron los negros-de-los-blancos. Sí, bwana.
¿Sólo eres una vieja bestia negra, no? Sí, bwana. El comportamiento del dominado está inducido: véanse por ejemplo los espectaculares y repentinos cambios que afectan a todo un grupo cuando deja de aceptar su condición. Black is beautiful.*
Para que una observación sobre los niños sea válida, sería preciso que la autoridad desapareciera completamente y que no existiera en forma alguna.
Hasta este momento, los niños no pueden ser conocidos por los adultos. El testimonio de los adultos sobre los niños es científicamente nulo. ¿Cómo pueden olvidarse de plantear los «espíritus científicos» el problema del método en su disciplina?
Porque el opresor no se lo plantea jamás con respecto a su oprimido. Sin embargo, son únicamente los adultos los que establecen la ciencia de los niños, y dan de ellos, en numerosas obras, las definiciones aceptadas, a las cuales los propios niños deben acomodarse. Sólo los adultos saben lo que son los niños, y lo que es bueno para ellos.

No-identidadSi los niños no se parecen a la imagen aceptada, es que se equivocan. No se conocen, se desvían, no son «auténticos» niños.
El retrato del niño-de-los-adultos ha llegado a todos los rincones, en imágenes publi-propagandísticas, en palabras de toda la literatura «para» niños hecha por adultos, en una literatura de iniciación para los niños, y en la mente de casi todo el mundo.
Los niños, vistos a la cegadora luz de la autoridad, son humanos inacabados, tanto física como mentalmente. Torpes (mucho tiempo después de que hayan llegado a coordinar sus movimientos), distraídos, atontados, frágiles, dispersos, cambiantes, nada serios, sólo piensan en jugar, incapaces de arreglárselas solos; por tanto, necesitan protección y amos. Siguen siendo unos inmaduros y unos incapaces hasta los 18 años (salvo para cosas tales como trabajar sin salario o responder de sus fechorías ante la ley), y después, de repente, maduran. Son tiernos, adorables, encantadores, hasta el momento en que intentan escapar al control; entonces se vuelven imposibles. Dado que todavía no piensan, no se les pregunta su opinión, se les escucha a veces para quedar bien con ellos, pero no se les tiene en cuenta. No se les debe tomar en serio, ya que no lo son. Respetar a un niño no consiste en no ser «indecente» ante él o ella: es respetar la moral de los adultos.
Los niños son escamoteados de la operación respeto.
Estas son sólo algunas indicaciones entre centenares, cada niño y cada antiguo niño puede completar la lista.
Está tan profundamente gravada la imagen adulta del «Niño», que nadie sabe mirar lo que tiene ante él. Para limpiar los ojos adultos habría que aceptar, poco a poco, la contrapartida de la idea recibida: los niños son más completos, son sólidos, heroicos (¡véase si no todo lo que deben resistir!), hábiles, capaces, serios, profundos, su inteligencia es amplia y ágil, son sutiles e irónicos, saben apañárselas, sobre todo solos, etc. ¿Es realmente esta descripción más falsa que la anterior?
Evidentemente, la falta de confianza en su capacidad impide su desarrollo (no lo toques, lo vas a romper, y ¡bang!, ya está, se ha roto, es lo que te había dicho), y de este modo queda confirmada la incompetencia a priori.
Naturalmente, si se sigue bajo dependencia, se acaba siendo dependiente y con ello se confirma la necesidad de dependencia.
Los esclavos tampoco «sabían vivir como seres libres» antes de serlo.
La no-consideración invalida la experiencia, los sentimientos, el pensamiento, hace dudar de uno mismo, y niega la identidad. Se deja de saber quién es uno.
Cómo hay que vivir, cómo hay que ser amado, se interioriza esta definición exterior, esta inexistencia, uno mismo se invalida y se imita la imagen dada como verdadera. Si se es inteligente, se aprende muy rápido a aceptar las ventajas de este juego. Se da a los adultos embobados y gratificantes las respuestas que esperan (si no, de lo contrario, lo consideran afrentas). Se acaba creyendo realmente que salen de uno. De esta forma se acaba siendo «niño», El sueño adulto se convierte en realidad. Con ello los adultos producen la Infancia, «diferente», de otra naturaleza. No son los niños los diferentes, son los adultos.

Transitoríedad eterna

¡Pero esta opresión sólo es transitoria! (se entiende: por tanto, no es tan terrible).
Es cierto, sólo llega a los 18 años (o 21 a efectos del Estado). Sólo es una cuarta parte de la vida, frente a las dos terceras partes de la de los trabajadores, y la totalidad de las mujeres y de las razas oprimidas: todo esto que ganan. Por desgracia, es en primer lugar la cuarta parte más bonita, lo cual no deja de ser lamentable.
Por desgracia y sobre todo, esta cuarta parte por la que todo el mundo pasa, y durante la cual se está a merced de todas las manipulaciones, prepara y permite la continuación, es decir, la sumisión a las demás formas de opresión. Es una cuarta parte totalizadora. Muy pocas veces se cura uno, y nunca del todo.
La minoría de edad no acaba en la mayoría de edad, sino que se prolonga toda la vida en infantilismo. Sin hablar ahora de los padres que se arrogan ingenuamente y para siempre el «derecho» a intervenir en la vida de sus vástagos culpabilizados ya mayores, y culpabilizados, precisamente, durante esta cuarta parte totalizadora, para que uno se acostumbre a la dependencia y bajo una forma interiorizada, como una segunda naturaleza, se eternice en necesidad de padres, jefes, patrones, esposos, expertos, doctores, analistas, gobiernos, instancias supremas.., se eternice hasta la muerte, si es posible. Y en realidad hasta mucho más allá, ya que mientras tanto se habrá transmitido a los que siguen. De manera que en realidad es eterna.

RégimenEn el centro de las «democracias» modernas, los niños viven bajo el régimen de la tiranía, con todas sus conocidas variantes, desde la autocracia abusiva al despotismo ilustrado e incluso dimisionario, lo cual no modifica el principio.
Los niños no tienen ningún derecho, a excepción de los que les han sido otorgados, y que por tanto pueden retirárseles en cualquier momento, Deben obediencia a padres, aliados, amos y si necesario a cualquier persona (adulta) que se tercie.
Prebendas y castigos dependen del adulto arbitrario, ya que se carece de código (a no ser en caso de asesinato o de daños físicos probados) y no está prevista ninguna reparación por los posibles daños o errores. Y, como corresponde a un régimen de tiranía, el juez es también parte.

 Sin alternativa

Los menores de edad no pueden sustraerse a su condición, ya que ésta se basa en bases materiales: dependencia física, legal, económica, institucional. Ahora vamos a examinarlas.

Bases reales, análisis de dase

Los niños, en tanto que grupo discriminado por la Ley, son, en su totalidad, tratados, modelados, tanto corporal como mentalmente, con vistas a la explotación,
Los niños son una clase oprimida.
Siempre son una clase inferior dentro de la inferior o superior (de orden económico, sexual, racial-cultural) a la que han ido a parar.
Esta opresión específica, inherente al sistema patriarcal, se ha vivido durante mucho tiempo en el aislamiento, Hoy, debido a la evolución del capitalismo (explosión demográfica, expansión escolar y de los medios de comunicación, acceso de los jóvenes al estatuto de consumidores, etc.), esta clase se ha actualizado. Es lo que se ha convenido en llamar «crisis de la juventud», según la técnica del conjuro («crisis» es lo que no dura).
Pero sea cual sea la manipulación semántica, se produce una constitución en clase, y el principio de un largo camino, Los ejecutores del tratamiento reductor son todos los adultos que mantienen con los niños una relación institucional. Entre ellos, los padres ocupan una posición clave: a menos que tengan una percepción clara de la política de la educación, sirven «maquinalmente» los intereses de la clase dominante y, por ello, sea cual sea la idea que tengan al respecto, los padres y los niños entran en una relación antagónica.
«¡Qué dice, qué horror, cómo se puede hablar en estos términos de la más pura y natural de las relaciones humanas!» Son los adultos los que así se expresan, ya los habréis reconocido.
Respuesta a estos grandes sentimentales: hacer creer que la relación padres-hijos está toda ella tejida únicamente por amor mutuo y recíproco, sólo es hipocresía y camuflaje. Si se mantiene oculta la función real, social, de esta relación, hablar solamente del sentimiento de amor es un insulto al amor. El amor sólo puede ganar si se le desembaraza de los usurpadores que utilizan su nombre para conseguir sus propios fines, que además no tienen nada de amorosos. El amor nada tiene que temer al examen, y resultará mucho más hermoso si se lo lava. Solamente los mistificadores temen el análisis.
Y, precisamente, el opresor siente horror a que se le recuerden las bajas realidades materiales, ya que él mismo vuela muy alto en el ideal, donde todo es tan maravilloso.
(Aparte de los pequeños detalles que serán objeto de reformas en el momento justo, cuando ya no sea peligroso hacerlas.)
Siempre es igual: sólo el oprimido siente su opresión. El opresor está muy contento en esta situación, no sufre en absoluto, encuentra que todo esto está muy bien, que es justo, normal y bueno para el otro (¿qué sería de él sin nosotros?), y «natural». Además, «oprimido» es una palabra muy fuerte que choca al opresor (otra palabra fuerte); de hecho, se le reconoce por esta reacción, intentadlo, nunca falla.
El, otro (el oprimido) no tiene nada que decir, en primer lugar porque no tiene la palabra. Intentar tomarla podría costarle caro, y lo sabe: en un régimen tiránico el tirano puede ser permisivo, no por ello deja de tener el poder absoluto, y aunque conceda la libertad de expresión es prudente no decirle lo que no quiere oír: éste es el motivo por el que vuestros hijos e hijas son mudos.
El oprimido no tiene nada que decir, y además, no tiene la palabra, su propia palabra.
El opresor dispone del lenguaje y de las connotaciones, asi como de los simbolismos.
La relación de clases se ha formulado siempre en primer lugar en los términos del opresor: bueno, justo, normal, bueno para el otro, NATURAL. Y de este modo debe ser aceptado por todos. Sobre todo por el oprimido. De lo contrario se oyen clamores: naturalmente, es el opresor quien grita escándalo, sacrilegio, vulgaridad, ridículo, y a usted qué le importa, desnaturalizado, anticuado, asesino, Y como el amplificador de sonido está en su poder, su voz todo lo cubre.
Quien cambia los términos declara la guerra.

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